Los tres escenarios de la batalla contra la privacidad

La lectura de las noticias del fin de semana nos dejan una clara medida de hasta qué punto tecnologías como el reconocimiento facial están evolucionando ya no tanto en sus prestaciones, sino en su percepción, en los distintos escenarios mundiales.

Kashmir Hill, una periodista del New York Times, publica un reportaje de investigación, «The secretive company that might end privacy as we know it« , sobre Clearview AI, una misteriosa compañía financiada nada menos que por el siniestro Peter Thiel, que se dedica a recopilar imágenes publicadas en la red y obtenidas mediante scraping de diversos repositorios, redes sociales, etc. con el fin de obtener una base de datos de perfiles faciales siete veces más grande que la del FBI, que pueda ser utilizadas para el reconocimiento por parte de la policía. Todo ello sin que ninguna tercera parte haya auditado el nivel de fiabilidad de ese reconocimiento, sin que se haya pedido permiso absolutamente a nadie para utilizar sus imágenes, y sin que se haya regulado ni lo más mínimo ese uso.

¿Te has planteado qué aparece cuando buscas tu nombre y consultas Google Images? Si tienes un mínimo perfil público, como es mi caso, estás completamente perdido: basta una búsqueda par que cualquiera te pueda reconocer, con cámaras y reconocimiento facial o sin ellas. Pero en muchos casos, y sobre todo si además incluimos las fotos que hemos subido a otros servicios, redes sociales, etc. que no se incluyen en una búsqueda general de imágenes, también podemos estar en una situación similar. De la herramienta en cuestión se afirma que puede alcanzar en torno a un 75% de fiabilidad en la identificación, y que ha sido ya utilizada en varias ocasiones por la policía para atrapar a criminales. En un sistema policial como el norteamericano, si perteneces al 25% de casos en los que la herramienta se equivoca… buena suerte!

Que un desarrollo así tenga detrás a Peter Thiel, creador de Palantir Technologies, defensor de Donald Trump, y cuyas ideas sobre privacidad, a pesar de haber nacido en Alemania, van mucho más allá de las más exageradas distopías, es escasamente sorprendente. Que esa herramienta sea utilizada por más de seiscientas agencias policiales norteamericanas sin ningún tipo de supervisión es algo ya más peligroso, que revela el caótico estado de la privacidad y de los derechos fundamentales en los Estados Unidos: un país en el que, por un lado, se replantean el uso de las tecnologías de reconocimiento facial y piden su regulación, pero por el otro se reclama a las compañías tecnológicas que construyan puertas traseras o deshabiliten la seguridad de sus propios productos.

El panorama en los Estados Unidos contrasta con China, un país en el que todo lo relacionado con la privacidad es accesible en todo momento por la policía o por el estado, y donde los derechos de los ciudadanos quedan completamente al margen, sacrificados en virtud de una supuesta seguridad o de algún otro tipo de bien común, sin que la resistencia de los ciudadanos pueda plantearse cambio alguno.

Y por supuesto, contrasta también con Europa, que sin ser una situación perfecta, intenta al menos plantear una regulación garantista que restrinja determinados usos, al menos en lugares públicos al menos hasta que se puedan estudiar sus implicaciones. Determinados marcos regulatorios europeos, como la GDPR, que han sido tomados como modelo para el planteamiento de legislaciones en entornos como California, han generado ya en sus dos años de vida más de 160,000 notificaciones a compañías y más de 114 millones de euros en multas, y tan solo está empezando.

Tres escenarios: China, los Estados Unidos y Europa. En el primero, vale todo, se utiliza todo lo utilizable, y todo va en la misma dirección, la de que el estado tenga absolutamente toda la información sobre los ciudadanos. En el último, Europa, se intenta dotar a esos ciudadanos de cierto nivel de garantías y se trata de regular con algo de prudencia, aunque no siempre salga bien. Y en el medio, unos Estados Unidos que, simplemente, no saben a qué juego quieren jugar.

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